El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos Montcalm, convencido de que para mantener su influjo sobre las tribus guerreras valÃa más ser algo condescendiente, accedió, aunque reticente, a esta última petición. El salvaje le hizo comprobar la profunda cicatriz de su pecho y le preguntó con sarcasmo:
—¿Conoce mi padre esto?
—¿Y qué guerrero no lo conocerÃa? Se trata de la huella de una bala.
—¿Y esto? —continuó preguntando el indio, habiéndose quitado el chaleco y revelando su espalda al otro.
—¿Esto? Mi hijo ha sido herido con saña; ¿quién lo ha hecho?
—Magua durmió sobre una cama dura en las tiendas inglesas y los travesaños le han dejado marca —contestó el salvaje con una risa forzada, la cual no lograba disimular la magnitud de su odio contenido. Tras esto, añadió con la dignidad propia de los nativos las siguientes palabras—. Vete y enséñales la paz a tus hombres. Le Renard Subtil sabe cómo hay que hablarle a un guerrero hurón.