El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El eco de los tambores franceses llegó hasta el interior del fuerte y todo el valle se vio inundado por las melodías de las marchas militares, cuyo estruendo musical se elevaba poderosamente por encima del redoble de tambor que las acompañaba. Las trompetas de los victoriosos sonaban alegres y majestuosas, hasta que el último rezagado del campamento ya se había incorporado a su puesto; pero en cuanto sonaron los pífanos británicos con sus agudas notas, los primeros se quedaron en silencio. Mientras tanto, ya había amanecido y, estando la hilera de soldados franceses formada para recibir a su general, los rayos brillantes del sol se reflejaban sobre sus vistosos uniformes. Fue entonces cuando el éxito, ya conocido de antemano por todos, fine anunciado de modo oficial; se dio orden de partida a los afortunados que fueron elegidos para montar guardia a las puertas de la fortaleza y éstos desfilaron ante su jefe; se dio la señal de su acercamiento y se hicieron todos los acostumbrados arreglos para el cambio de tercio, el cual se efectuó bajo la preceptiva orden, llevada a cabo justo bajo los cañones del disputado fuerte.