El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —He estado en muchos campos cubiertos de restos aterradores, y seguido rastros de sangre que se extendÃan kilómetros enteros —dijo—, ¡pero jamás he visto tan evidente la huella de la mano del diablo como la veo aquÃ! La venganza es un sentimiento propio de indios, y todos los que me conocen saben que no hay sangre india en mis venas, pero esto sà os diré, aquÃ, ante Dios y su poder, tan evidente en medio de esta naturaleza: ¡que si estos franchutes alguna vez vuelven a ponerse al alcance de mis balas, mi fusil será quien hablará, mientras haya un solo fulminante o un solo gramo de pólvora que se pueda utilizar! Dejaré el tomahawk y el cuchillo para aquéllos que están mejor adiestrados en su uso. ¿Qué dices tú, Chingachgook? —añadió en lenguaje delawareé—. ¿Dejaremos que el hurón presuma de esto ante sus mujeres cuando caigan las grandes nevadas?
Una señal de resentimiento se hizo evidente en el rostro del jefe mohicano; a continuación, soltó el cuchillo de su funda y, volviéndose tranquilamente, se alejó del lugar, con una expresión tan meditabunda que parecÃa que no hubiese conocido nunca el arrebato pasional.