El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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En lugar de manifestar cualquier atisbo de interés hacia la persona del cautivo, habiendo sido éste capturado por un pueblo al que profesada buena parte de su odio, y dado que tal curiosidad sería más bien propia de mujeres, Magua continuó fumando con el mismo aire tranquilo que mostraría en momentos de menor tensión. Aunque le impresionaron las palabras del anciano padre del ajusticiado, mantuvo la calma y se abstuvo de hacer ninguna pregunta, guardando sus dudas sobre el asunto para un momento mejor. Sólo tras un largo intervalo se dignó a sacudir las cenizas de su pipa, guardar su tomahawk, ajustarse el cinturón y ponerse en pie, para por fin concederle al prisionero el beneplácito de su interés. Uncas, que estaba detrás de él, se percató de su gesto y le correspondió girando también la cabeza, por lo que la luz igualmente bañó su rostro y ambos se reconocieron frente a frente. Durante casi un minuto entero estos dos bravos seres de espíritu indomable se contemplaron con miradas implacables, sin flaquear ninguno de los dos en esta acción mutua. El pecho de Uncas se hinchó, y sus orificios nasales hervían como los de un tigre a punto de atacar; no obstante, su cuerpo se mantuvo rígido, cual excelente representación estática del dios guerrero de su tribu. Los rasgos de Magua se mostraban más sutiles e inquietos, a medida que su expresión pasaba gradualmente del rabioso desafío a la alegría desenfrenada, gritando con toda la fuerza de sus pulmones el formidable nombre de:


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