El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos —¿Están los huesos de mis jóvenes guerreros —concluyó— en la tierra de sepultura de los hurones? Sabéis bien que no. Sus espÃritus se dirigen hacia el sol poniente y ya están cruzando las grandes aguas que llevan a las felices tierras de caza. Pero se han ido sin alimento, sin armas ni cuchillos, sin mocasines, tan desnudos y pobres como cuando nacieron. ¿Ha de ser esto asÃ? ¿Están sus almas destinadas a entrar en la tierra de los justos como si fueran iroqueses famélicos o delaware afeminados, o se reunirán con sus amigos con armas en sus manos y capas a sus espaldas? ¿Qué pensarán nuestros antepasados de lo que ha sido de las tribus de los wyandotes? Mirarán hacia sus hijos con desaprobación y dirán, «Marchad; un chippewa ha venido aquà bajo el nombre de un hurón». Hermanos, no debemos olvidar a los muertos; un piel roja nunca debe dejar de recordar. Echaremos carga a la espalda del mohicano hasta que sucumba bajo nuestra fuerza, y acabaremos con él en honor a mis jóvenes guerreros. Ellos nos lo exigen, aunque nuestros oÃdos no los oyen; dicen, «No nos olvidéis». Cuando vean al espÃritu de este mohicano arrastrándose tras ellos con ese peso a sus espaldas, sabrán que les hemos recordado. Entonces se irán felices, y nuestros hijos dirán, «Asà hicieron nuestros padres, asà debemos hacer también nosotros». ¿Qué es un yengee? Hemos matado a muchos, pero la tierra aún es pálida. Una mancha sobre el nombre de un hurón sólo puede lavarse con la sangre de las venas de un indio. Que este delaware muera.