El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos En lugar de desplazarse entre las viviendas por donde Heyward había estado buscando anteriormente, el indio se dirigió directamente al pie de una montaña cercana, al lado de la cual se había erigido el poblado. Allí abundaban los matorrales y arbustos, por lo que fue necesario abrirse paso a través de un camino estrecho y sinuoso. Los niños habían vuelto a sus juegos en el descampado, imitando a los mayores al celebrar su propia persecución hasta la estaca. Para dar más realismo a esta actividad lúdica, uno de los muchachos más atrevidos había hecho sus propias hogueras a pequeña escala, a partir de algunas ramas que habían sobrado de las piras de verdad. La luz que provenía de estas pequeñas lumbres les sirvió al jefe y a Duncan para ver por donde iban, además de añadir cierto aire salvaje al rústico escenario. A poca distancia de una roca sin vegetación, justo por delante de la misma, penetraron por una abertura donde la hierba era más alta, pasando al otro lado. En ese instante el fuego fue avivado, y la luz del mismo llegó incluso a ese apartado lugar. Alumbró la falda de la montaña, cuya superficie blanquecina la reflejó a su vez sobre la figura de un misterioso ser que inesperadamente se interpuso en el camino de ambos.