El último de los Mohicanos
El último de los Mohicanos El ingenioso Ojo de halcón, recordando el modo tan precipitado en el que el sujeto se había ausentado de la compañía de la mujer enferma, ya empezó a sospechar acerca de los motivos para tan profundas reflexiones. Tras rodear la choza y asegurarse de que no había nadie a su alrededor, y confiando en las escasas posibilidades de que el talante de su inquilino atrajera ninguna visita, se aventuró a traspasar la diminuta puerta de la vivienda, presentándose ante la persona de Gamut. El fuego quedaba situado entre ambos, y después de que Ojo de halcón se sentara del mismo modo en que lo haría un oso, transcurrió casi un minuto entero, durante el cual los dos se observaron mutuamente pero sin decir palabra. El carácter repentino e inesperado de esta incursión fue una prueba demasiado dura para las creencias y la fortaleza espiritual de David —por no decir para su filosofía—. Éste echó mano de su pipa de entonación musical y se levantó presto para llevar a cabo algún tipo de exorcismo melódico.
—¡Monstruo oscuro y misterioso! —exclamó mientras se ponía las lentes y recurría a su sempiterno libro de salmos—. Desconozco tu procedencia, así como tus intenciones; pero si atentaras contra las persona y los fueros de uno de los más humildes servidores del templo, escucha el inspirado lenguaje de los jóvenes de Israel y arrepiéntete.