El último de los Mohicanos

El último de los Mohicanos

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Uncas continuaba pendiente de Magua, como si fuera el único objetivo que le importaba en la vida. Heyward y el explorador seguían tras él, llevados por un sentimiento parecido, aunque menos intenso. Sin embargo, el camino resultaba cada vez más tortuoso a través de aquellos oscuros y amenazantes pasillos, y las formas de los guerreros fugitivos se hacían cada vez menos evidentes para la vista. Por un momento, todo indicaba que el rastro se había perdido, cuando se vio un vestido blanco revolotear en el extremo opuesto de un pasadizo que parecía llevar hasta la cima de la montaña.

—¡Es Cora! —exclamó Heyward, cuya voz entremezclaba el horror y la alegría de un modo espeluznante.

—¡Cora! ¡Cora! —vociferó Uncas, mientras brincaba como un gamo.

—¡Es la dama! —gritó el explorador—. Tenga valor, señorita, ¡ya llegamos! ¡ya llegamos!

La persecución se intensificó con un entusiasmo diez veces superior en cuanto se divisó a la cautiva; pero el camino era difícil, lleno de desniveles y en ocasiones casi intransitable. Uncas dejó atrás su fusil y saltó hacia adelante con despreocupada precipitación, Heyward actuó también de modo impulsivo, pero ambos fueron amonestados por su actitud imprudente al oír el estallido de una de las armas de los hurones, la cual mandó una bala desde el otro extremo del pasadizo que llegó incluso a producirle una leve herida al joven mohicano.


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