Atrevida apuesta
Atrevida apuesta Pero mientras subía las escaleras hacia su habitación, sabía que no era verdad. Las palabras de Juan Carlos seguían resonando en su mente, y por primera vez, comenzó a preguntarse si realmente podría seguir adelante sin enfrentarse completamente a lo que sentía.
Esa noche, en el estudio, Rosa María tomó un pincel y comenzó a pintar. Su lienzo se llenó de trazos rápidos, furiosos, como si intentara capturar todo lo que no podía decir en palabras. Pero incluso mientras volcaba su alma en el cuadro, sabía que la batalla dentro de ella estaba lejos de terminar.
En otro rincón de la mansión, Juan Carlos observaba el jardín desde su ventana, el eco de su conversación con Rosa María grabado en su mente. Por primera vez en años, se sintió vulnerable. Y en esa vulnerabilidad, entendió que lo que había comenzado como una apuesta insignificante se había convertido en algo que lo consumía por completo.
El amanecer iluminaba la mansión de los duques de Castro Mina con un resplandor suave, casi etéreo, pero dentro de sus muros la atmósfera seguía siendo pesada. Rosa María observaba desde su ventana el vasto jardín, sabiendo que pronto tomaría una decisión que cambiaría todo. No podía permanecer más tiempo allí, atrapada entre el peso del pasado y las emociones que Juan Carlos despertaba en ella.
