Atrevida apuesta
Atrevida apuesta Esa noche, Rosa María se encerró en su habitación, sintiendo que el poco terreno que había ganado en ese mundo se desmoronaba bajo sus pies. Mientras tanto, Juan Carlos, en lugar de satisfacción, comenzó a sentir algo inesperado: un atisbo de remordimiento.
La mañana llegó como un recordatorio implacable de la noche anterior. Rosa María, con los ojos aún hinchados por el llanto, se sentó frente al espejo de su habitación, observando su reflejo con una mezcla de tristeza y determinación. Los recuerdos de las palabras de Juan Carlos seguían retumbando en su cabeza, pero con ellos también venía una chispa de rebeldía. No iba a permitir que la destruyeran.
Mientras tanto, en el salón principal de la mansión, Margarita discutía acaloradamente con su hermano. —¿Cómo pudiste hacer algo tan cruel, Juan Carlos? —le recriminó, con las manos apretadas en los costados—. Rosa María no te ha hecho nada.
Él, sentado en un sillón de cuero, fingió indiferencia mientras revisaba unos papeles. —No seas melodramática, Margarita. Si un par de verdades pueden sacudir a tu amiga, tal vez no está hecha para este mundo.
