La carretera
La carretera Volvieron a la carretera al anochecer, moviéndose bajo el manto oscuro del cielo. No podÃan detenerse mucho tiempo en un solo lugar; el mundo no era seguro. El niño caminaba en silencio, sus pequeñas manos aferradas al carrito como si pudiera protegerlos.
—Papá, ¿por qué hay gente mala? —preguntó finalmente. El hombre buscó las palabras, pero no habÃa una respuesta sencilla. —Porque no hay suficiente para todos.
El niño miró el horizonte, donde la carretera parecÃa desvanecerse en la nada. —¿Nosotros somos los buenos? El hombre lo miró, con los ojos cargados de una tristeza que no podÃa ocultar. —SÃ, somos los buenos.
El niño asintió, como si esa única verdad pudiera sostenerlo en el vacÃo. Y asÃ, siguieron avanzando, dejando atrás las ruinas y los ecos de una humanidad que ya no reconocÃan.
La carretera era interminable, un rÃo de ceniza que no conducÃa a ningún lugar, solo a una supervivencia tambaleante. Las noches eran peores que los dÃas: el frÃo se clavaba en los huesos y el miedo se multiplicaba en la oscuridad. El hombre y el niño habÃan aprendido a hablar poco, cada palabra un eco que podÃa atraer algo indeseado.
