La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Mientras estos pensamientos se precipitaban velozmente en su mente, intentó desecharlos. Se veía como un villano. Como el hombre más indescriptiblemente egoísta de la Tierra. Su cerebro se imaginaba los cuerpos de los soldados, desafiantes ante la lanza del demonio vociferante de la guerra y, al ver caer esos cuerpos uno tras otro en un campo de batalla imaginario, se sintió como su asesino.
De nuevo consideró que desearía estar muerto. Creyó que envidiaba a los cadáveres. Pensando en los caídos, llegó a sentir un enorme desprecio por algunos de ellos, como si fueran culpables de haber perecido de esa forma. Puede que hayan sido asesinados por casualidades afortunadas, se dijo, antes de tener tiempo de huir o incluso antes de poder pensar en ello. Y sin embargo, la historia les concedería sus laureles. Con amargura, se dijo que sus coronas eran robadas y sus uniformes de un pasado glorioso constituían una farsa. Con todo, no dejaba de pensar que era una pena no ser como ellos.