La roja insignia del valor
La roja insignia del valor Aquella contemplación dejó al joven atónito. Descubrió que las magnitudes reales, comparadas con las magníficas distancias que había calculado mentalmente, eran triviales y ridículas. Los árboles impasibles, entre los que había tenido lugar la mayoría de la acción, parecían increíblemente cercanos. Y ahora que lo pensaba, también el tiempo había sido breve. Se maravilló ante la cantidad de emociones y acontecimientos que se habían acumulado en tan poco rato. Los duendes del pensamiento lo habían exagerado y engrandecido todo.
O sea, que los comentarios de aquellos veteranos demacrados y tostados contenían una amarga justicia. Dirigió veladamente una mirada de desprecio hacia sus compañeros, que se desparramaban por el suelo desgreñados, ahogados por el polvo, congestionados por el calor y con los ojos empañados.
Bebían de sus cantimploras, ávidos por apurar hasta la última gota de agua que les quedara, y se limpiaban las hinchadas y húmedas facciones con las mangas de las guerreras y con manojos de hierba.
El muchacho, a pesar de todo, se regodeó con alegría en la rememoración de su actuación durante la carga. No había tenido tiempo de analizar sus acciones bélicas y ahora le satisfizo mucho pensar calladamente en ellas. Acudieron a su memoria retazos de color que durante el fragor de la batalla se habían fijado, inadvertidamente, en sus sentidos absortos.