La roja insignia del valor
La roja insignia del valor A LA MAÑANA SIGUIENTE el chico descubrió que su camarada alto había sido el precipitado mensajero de un error. Soportó gran cantidad de burlas por parte de los que el día anterior eran firmes adeptos de sus tesis y recibió también el sarcasmo de los que en ningún momento habían creído en el rumor. El alto se peleó con un hombre de Chatfield Corners y le dio una paliza.
Sin embargo, el chico sintió que su problema no se había disipado. Al contrario, todo aquello no era más que el irritante aplazamiento del mismo. La noticia le había generado gran preocupación respecto de sí mismo. Ahora, con ese nuevo dilema instalado en su cabeza, tenía que volver a hundirse en su antigua posición como si formara parte de la masa azul.
Pasó días haciendo incesantes cálculos, pero ninguno resultó satisfactorio. Encontró que no podía llegar a ninguna conclusión. Finalmente decidió que el único modo que tenía de ponerse a prueba era entrar en combate y observar entonces sus piernas para descubrir sus virtudes y sus defectos. Admitió a regañadientes que no podía permanecer sentado y obtener una respuesta con una pizarra y una tiza imaginarias. Para obtenerla necesitaba disparos, sangre y peligro; al igual que un químico necesita de esto, de aquello y de lo de más allá. Deseaba, por tanto, una oportunidad.