La roja insignia del valor
La roja insignia del valor —¡No se olvide de la caja de puros!
El coronel farfulló alguna respuesta. El chico se preguntó qué tendría que ver con la guerra una caja de puros.
Instantes después, el regimiento se internó en la oscuridad. Era como uno de esos monstruos semovientes que se desplazan sobre numerosos pies. El rocío hacía que el aire fuera pesado y frío. La masa de hierba húmeda, al ser pisada, crujía como la seda.
De vez en cuando, podía verse un destello, un brillo de acero sobre los lomos de estos enormes reptiles serpenteantes. Del camino llegaba el chirrido y la queja malhumorada de los cañones al ser arrastrados.
Los hombres avanzaban a trompicones, murmurando aún diversas especulaciones. La discusión seguía a media voz. Un hombre se cayó al suelo y, al estirar el brazo para alcanzar su rifle, un compañero que no le había visto le pisó la mano. La víctima blasfemó en voz alta con amargura. Una risa débil y ahogada se extendió entre sus compañeros.
Entraron en una carretera y avanzaron con mayor desenvoltura. Un oscuro regimiento avanzaba frente a ellos y, desde atrás, les llegó también el tintineo de los equipos que cargaban sobre sus cuerpos los hombres en marcha.