La roja insignia del valor
La roja insignia del valor EL JOVEN DESPERTÓ POCO A POCO. Recuperó gradualmente una situación en la que era capaz de analizarse a sí mismo. Durante un tiempo se había escrutado con mucho ofuscamiento, como si nunca antes hubiese visto su cuerpo. Entonces recogió su gorra del suelo. Se acomodó mejor la guerrera e hincó la rodilla para atarse el cordón de la bota. Y se limpió concienzudamente sus tiznadas facciones.
¡Así que por fin todo había terminado! Había pasado la prueba suprema. Había derrotado a las ardientes y formidables dificultades de la guerra.
Entró en un éxtasis de autosatisfacción. Experimentó la sensación más agradable de su vida. Visualizó la última escena como desde fuera de su cuerpo. Tenía la impresión de que era un soldado magnífico.
Se sintió un tipo excelente. Incluso se vio a sí mismo adornado con cualidades que nunca hasta entonces había creído poseer. Y sonrió gratificado.
Irradiaba cariño y buena voluntad hacia sus compañeros.
—Demonios, hace calor, ¿eh? —dijo afable a un hombre que se limpiaba el sudor de la cara con las mangas de la guerrera.
—¡Y tanto! —respondió el otro, sonriendo amistosamente—. Nunca he vivido un calor igual —se estiró en el suelo, voluptuosamente—. Sólo espero que no tengamos que luchar al menos en una semana.