Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle —Bueno, mira en lo qué te has convertido —dijo con una sonrisa de desdén. Su frente resplandecía de virtud, y las manos que la rechazaban tenían miedo de contaminarse.
Maggie se dio media vuelta y se marchó.
La multitud congregada a la puerta se apartó precipitadamente. Un bebé se cayó junto al umbral, lo cual provocó que la madre del pequeño se echara a gritar como un animal malherido. Otra vecina se lanzó hacia él y lo recogió con ahínco cómo si acabara de salvar a un ser humano a punto de ser arrollado por un tren.
Mientras Maggie atravesaba el pasillo, las puertas abiertas enmarcaban más ojos de mirada extrañamente microscópica, que lanzaban rayos de inquisitiva luz en la oscuridad de su camino. En el segundo piso se encontró con la vieja y carcomida dueña de la caja de música.
—¡Vaya! —gritó—. De modo que has vuelto. ¿Ya te han echado? Bueno, ven y duerme aquí la noche. Yo no tengo sentido de la moral.
Aún se escuchaba el incesante parloteo del piso de arriba, en el que dominaban por encima de todo las burlas de la madre de Maggie.