Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Una tarde de lluvia, trascurridos varios meses desde el episodio anterior, dos filas interminables de carruajes, tirados por caballos que iban dando patinazos, avanzaban tintineantes por una elegante calle lateral. Una docena de taxis, con sus conductores enfundados en abrigos, se desplazaban de un lado para otro con gran estruendo. Las luces eléctricas zumbaban tenuemente y derramaban un borroso resplandor. Un vendedor de flores golpeaba el suelo impacientemente con los pies. Su nariz y la mercancía que vendía relucían bajo la lluvia, mientras permanecía de pie tras un despliegue de rosas y crisantemos. De dos o tres teatros emergía una multitud hacia las aceras barridas por la tormenta. Los hombres se ajustaban los sombreros y se subían el cuello del abrigo para taparse las orejas. Las mujeres encogían los hombros con impaciencia bajo sus cálidas capas y se detenían un momento a recogerse la falda antes de caminar bajo el vendaval. La gente, que había permanecido relativamente en silencio durante dos horas, estallaba en ruidosas conversaciones, porque sus corazones seguían emocionados por el fulgor del escenario.
