Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle En un reservado de un café estaba sentado un hombre con media docena de mujeres que reÃan alegremente y revoloteaban a su alrededor. El hombre habÃa alcanzado ese estado de embriaguez en el que uno siente afecto por el universo.
—Soy un buen muchacho, chicas —decÃa en tono convincente—. Soy bueno de verdad. ¡Si alguien se porta bien conmigo, yo me porto bien con él!
Las mujeres respondieron con signos de aprobación:
—Por supuesto —exclamaron en un coro entusiasta—. Tú eres de la clase de hombres que apreciamos, Pete. ¡Eres increÃble! ¿A qué nos vas a invitar ahora?
—¡Maldita sea! A lo que queráis —dijo el hombre rebosando magnanimidad. Su rostro brillaba con un verdadero espÃritu de benevolencia. TenÃa las maneras de un misionero. Hubiera sido capaz de fraternizar con los mismÃsimos hotentotes. Sobre todo, se sentÃa abrumado de ternura hacia sus amistades, las cuales eran todas insignes.
—¡Maldita sea! A lo que queráis —repitió, agitando las manos con imprudente generosidad—. Soy un buen muchacho si la gente se porta bien conmigo. ¡Acércate! —gritó a un camarero a través de la puerta—. Tráeles unas copas a estas chicas, de inmediato. ¿Qué vais a tomar, chicas? Lo que queráis, maldita sea.
