Maggie, una chica de la calle

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Capítulo 18

En un reservado de un café estaba sentado un hombre con media docena de mujeres que reían alegremente y revoloteaban a su alrededor. El hombre había alcanzado ese estado de embriaguez en el que uno siente afecto por el universo.

—Soy un buen muchacho, chicas —decía en tono convincente—. Soy bueno de verdad. ¡Si alguien se porta bien conmigo, yo me porto bien con él!

Las mujeres respondieron con signos de aprobación:

—Por supuesto —exclamaron en un coro entusiasta—. Tú eres de la clase de hombres que apreciamos, Pete. ¡Eres increíble! ¿A qué nos vas a invitar ahora?

—¡Maldita sea! A lo que queráis —dijo el hombre rebosando magnanimidad. Su rostro brillaba con un verdadero espíritu de benevolencia. Tenía las maneras de un misionero. Hubiera sido capaz de fraternizar con los mismísimos hotentotes. Sobre todo, se sentía abrumado de ternura hacia sus amistades, las cuales eran todas insignes.

—¡Maldita sea! A lo que queráis —repitió, agitando las manos con imprudente generosidad—. Soy un buen muchacho si la gente se porta bien conmigo. ¡Acércate! —gritó a un camarero a través de la puerta—. Tráeles unas copas a estas chicas, de inmediato. ¿Qué vais a tomar, chicas? Lo que queráis, maldita sea.


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