Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Jimmie y la anciana se pusieron a escuchar durante un buen rato en el pasillo. Por encima del ruido amortiguado de las conversaciones, los tristes llantos nocturnos de bebés, el trasiego de pasos en corredores y habitaciones invisibles, mezclado todo con el sonido de varios gritos enronquecidos procedentes de la calle, así como el traqueteo de ruedas sobre los adoquines, ambos oyeron cómo los gritos de la niña y los rugidos de la madre se debilitaban, convirtiéndose en un débil gemido y un apagado murmullo.
La anciana tenía una piel nudosa y curtida y era una persona capaz de adoptar, a placer, una expresión de profunda virtud. Poseía una cajita de música con una melodía y una colección de «Dios te bendiga», entonados en variados registros de fervor religioso. Todos los días tomaba posiciones sobre las aceras de la Quinta Avenida, encogía las piernas y se agazapaba inmóvil y repulsiva como un ídolo. Ganaba una precaria suma de centavos al día que recogía de los transeúntes que no vivían en las inmediaciones.
