Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Jimmie avanzó sigilosamente en la penumbra y esperó. Escuchó un ruido en la habitación de al lado después del grito que había dado cuando descubrió que su madre estaba despierta. Avanzó a tientas en la oscuridad, con los ojos saliéndole de las órbitas en su cara demacrada, fijos en la puerta.
La oyó crujir, y entonces captó el sonido de una vocecita.
—¡Jimmie, Jimmie! ¿Estás ahí? —susurró la voz. El muchacho se sobresaltó. El rostro delgado y pálido de su hermana lo observaba desde el umbral de la otra habitación. La niña se le acercó sigilosamente.
El padre permanecía inmóvil; yacía sumido en un sueño parecido a la muerte. La madre se retorcía en un inquieto dormitar, mientras el pecho le silbaba como si estuviera padeciendo la agonía de un estrangulamiento. En la ventana, una luna pomposa se asomaba sobre los tejados oscuros y, a lo lejos, las aguas de un río brillaban con luz trémula.
El cuerpecito de la niña harapienta temblaba. Sus facciones estaban macilentas de tanto llorar y el brillo de sus ojos denotaba miedo. Se asió al brazo del muchacho con sus manos temblorosas y juntos se agazaparon en un rincón. Los ojos de ambos se fijaron por una extraña fuerza en el rostro de la madre, porque creían que si la mujer despertaba todos los seres malvados subirían del infierno.