Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Tommie, el pequeño, murió. Se marchó en un ataúd diminuto y blanco. Su pálida manita empuñaba una flor que la niña, Maggie, le había robado a un italiano.
Ella y Jimmie sobrevivieron.
Los ojos inexpertos del muchacho se endurecieron a una edad temprana. Pasó a ser un joven de piel curtida. Vivió años agitados sin trabajar. A lo largo de ese tiempo, una mueca de desdén en su cara se hizo permanente. Estudió la naturaleza humana desde el arroyo, y descubrió que esta no era peor de lo que siempre había supuesto. Jamás adquirió el más mínimo respeto por el mundo, porque su trayectoria se había iniciado sin ningún ídolo al que derribar.
Revistió su alma con una armadura como consecuencia de hallarse por entretenimiento en una misión donde un hombre componía sus sermones recurriendo al pronombre «vosotros». Mientras ellos se calentaban junto a una estufa, él contaba a sus oyentes lo que creía que necesitaban en su relación con Dios. Muchos de los pecadores se mostraban impacientes ante las imágenes de su propia degradación. Estaban esperando los vales para la sopa.
Alguien que fuera capaz de interpretar las palabras de los demonios del viento, quizá hubiera podido percibir el diálogo que se entablaba entre el orador y sus creyentes.
