Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Pete se fijó en Maggie.
—Oye, Maggie, tienes un cuerpo precioso. Está realmente bien formado —dijo de pasada y con una sonrisa afable.
Al darse cuenta de que ella lo escuchaba con atención, relató con más elocuencia las anécdotas de su oficio. Al parecer, Pete era invencible en cualquier pelea en la que participase.
—Bueno… —dijo refiriéndose a un hombre con quien habÃa tenido una desavenencia—. El tipejo salió corriendo como un asqueroso italianucho. Eso es. Resultó de lo más fácil. Creyó que era un matón, pero le di su merecido. ¡Ya lo creo!
Daba vueltas por la pequeña estancia, que parecÃa empequeñecerse aún más y ser inadecuada para contener su dignidad, el atributo esencial de todo guerrero que se precie. El balanceo de sus hombros, que habÃa causado pavor a los temerosos cuando él no era más que un chicuelo, habÃa aumentado considerablemente con la edad y la educación. Si a ello le sumamos su mueca de mofa, el mensaje que transmitÃa a sus congéneres es que no habÃa nada en el universo capaz de asombrarle. Maggie estaba maravillada y elogiaba su grandeza. Intentaba calcular la altura de la cumbre desde la que, sin duda, la contemplaba.
