Maggie, una chica de la calle

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Capítulo 8

A medida que Maggie pensaba cada vez más en Pete, empezó a sentir una profunda animadversión por su vestuario.

—¿Qué demonios te ocurre? Te pasas el día dando la lata y emperifollándote. ¡Dios Santo! —le gritaba su madre con frecuencia.

Maggie comenzó a interesarse por la moda de las mujeres elegantes con las que se cruzaba en la avenida. Envidiaba su porte y sus manos suaves. Deseaba con todas sus fuerzas poseer esas prendas que veía a diario en la calle, convencida de que eran aliados imprescindibles para una mujer.

Al observar sus rostros, pensaba que la mayoría de las jóvenes con las que se cruzaba por casualidad sonreían con serenidad como si se sintieran adoradas en todo momento y mimadas por sus enamorados.

El taller de cuellos y puños le resultaba un lugar sofocante. Comprendía que se estaba marchitando en aquella estancia calurosa y agobiante. Las ventanas mugrientas retumbaban continuamente por el traqueteo de los trenes que circulaban por el paso elevado. El lugar estaba lleno de remolinos de ruido y olores.


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