Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Los ventanales de un edificio situado en una esquina derramaban reflejos amarillos sobre las aceras. La boca entreabierta de un bar llamaba seductoramente a los viandantes para que entraran a ahogar sus penas o a buscar pelea.
El interior del establecimiento estaba empapelado en tonos verde oliva y bronce, imitando cuero. A lo largo de un costado del local se extendía una barra de bar de falsa solidez. Detrás, llegando a la altura del techo, se levantaba un inmenso aparador que parecía ser de caoba. Sobre sus estantes descansaban pilas de resplandecientes vasos que nunca llegaban a tocarse. Su imagen se multiplicaba en los espejos del aparador. Entre los vasos había limones, naranjas y servilletas de papel, alineados todos ellos con precisión matemática. Varias botellas de licores multicolores se alzaban a intervalos regulares sobre los estantes inferiores. Una caja registradora niquelada ocupaba el centro exacto del conjunto. En una primera impresión, daba el efecto de opulencia y de exactitud geométrica.
Enfrente de la barra, un mostrador más pequeño sostenía unas fuentes en las que se amontonaban restos de galletas, lonchas de jamón, trozos de queso desperdigados y encurtidos remojados en vinagre. Dominaba un olor a manos sucias y codiciosas y el masticar de las bocas.
