Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle Maggie y Pete estaban sentados bebiendo cerveza en un salón de formas irregulares. Una obediente orquesta, dirigida por un hombre con gafas y pelo desaliñado, vestido de etiqueta, seguía diligentemente las inclinaciones de su cabeza y los movimientos de su batuta. Una cantante de baladas, enfundada en un traje escarlata, cantaba con una inevitable voz metálica. Cuando hubo desaparecido, los hombres sentados en las mesas de primera fila aplaudieron con entusiasmo y golpearon la madera reluciente con sus jarras de cerveza. La artista volvió a aparecer con un traje más escueto y cantó de nuevo. Recibió otro aplauso entusiasta en el bis. Salió al escenario una tercera vez, con un traje aún más corto, y se puso a bailar. El ruido ensordecedor de los vasos y los aplausos que siguieron a su salida indicaban un deseo abrumador de que reapareciera por cuarta vez, pero el interés del público no fue satisfecho.
Maggie estaba pálida. Toda la confianza en sí misma había desaparecido de su mirada. Se inclinaba con aire sumiso hacia su acompañante. Parecía tímida, como temerosa del enfado o desagrado de él. Tenía el aspecto de mendigar algo de ternura.
El aire valeroso de Pete había ido en aumento hasta alcanzar dimensiones amenazadoras. Se mostraba sumamente amable con la joven, y era evidente que su condescendencia obraba maravillas en ella.
