Maggie, una chica de la calle
Maggie, una chica de la calle En un bullicioso salón había veintiocho mesas y veintiocho mujeres, así como una multitud de hombres fumando. Una orquesta, compuesta de hombres que parecían estar allí por casualidad, emitía un fuerte alboroto sobre un escenario situado en un extremo del salón. Los camareros, con sus camisas manchadas, correteaban de un lado para otro, descendiendo como halcones sobre los incautos, moviéndose ruidosamente por los pasillos, cargando bandejas repletas de vasos, tropezando con las faldas de las mujeres, y cobrando el doble por todo menos por la cerveza. Actuaban con una rapidez que desdibujaba la visión de las palmeras y las polvorientas monstruosidades pintadas en las paredes de la sala. Un experimentado guardaespaldas se mezclaba en la multitud arrastrando a los tímidos forasteros hacia las sillas preferentes, al tiempo que daba órdenes a los camareros y discutía acaloradamente con los hombres que insistían en cantar con la orquesta.
