La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes —Ciento cinco, cubierta inferior —dije con el peculiar tono formal empleado por los hombres que no otorgan más importancia a cruzar el Atlántico que a tomarse un whisky en el céntrico Delmonico’s.
El asistente tomó mi baúl, mi abrigo y manta de viaje. Jamás olvidaré la expresión de su cara. Y no es que palideciera. Los santos más eminentes sostienen que incluso los milagros no pueden alterar el curso de la naturaleza. No es que dude al decir que no palideció, pero por su expresión me pareció que o bien estaba a punto de romper a llorar, o de estornudar, o de dejar caer mi baúl, lo cual me puso bastante nervioso, ya que contenÃa dos botellas de un excelente jerez añejo que me regaló para la travesÃa mi viejo amigo Snigginson van Pickyns. Pero felizmente el asistente no hizo ninguna de estas cosas.
—¡Bueno, maldita sea! —dijo en voz baja, y me condujo al camarote.