La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes El señor Puckler colocó a Nina sobre la mesa y la observó durante largo rato, hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas tras las gafas con montura de concha. Era un hombre muy sensible, que con frecuencia se enamoraba de las muñecas que reparaba, y le resultaba difícil separarse de ellas cuando le sonreían durante unos pocos días. Para él eran pequeños seres humanos reales, con personalidad y pensamientos y sentimientos propios, y las trataba a todas ellas con suma delicadeza. Pero algunas le atraían de manera especial desde el primer momento, y cuando se las llevaban lisiadas y heridas, su estado le parecía tan digno de pena que las lágrimas asomaban pronto en sus ojos. Deben recordar que el hombre había estado viviendo entre muñecas la mayor parte de su vida, y las entendía.
—¿Cómo sabes que no sienten nada? —preguntaba a su hija Else—. Tienes que tratarlas con delicadeza. No cuesta nada ser amable con estos pequeños seres, y tal vez ellas sí sepan apreciar la diferencia.
Y Else le comprendía, porque era una niña y sabía que ella era más importante para él que cualquier muñeca.