La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes
La calavera aullante y otros relatos de fantasmas espeluznantes Sir Hugh Ockram sonreía sentado junto a la ventana abierta de su estudio una tarde a finales de agosto, y en ese preciso instante una curiosa nube amarilla oscureció los rayos oblicuos del sol, y la diáfana luz veraniega se tornó más refulgente, como si, de repente, hubiera quedado envenenada y contagiada por los nauseabundos vapores de una peste. El rostro de sir Hugh, en el mejor de los casos, parecía estar hecho de fino pergamino estirado sobre una máscara de madera, con los dos ojos hundidos y ocultos observando desde las profundidades de las hendiduras bajo párpados rasgados y arrugados, vivos y vigilantes, como dos sapos dentro de sus agujeros, uno al lado del otro y exactamente iguales. Pero a medida que la luz cambiaba, un leve fulgor amarillo comenzó a brillar en cada uno de ellos. La enfermera Macdonald dijo en una ocasión que cuando sir Hugh sonreía veía los rostros de dos mujeres en el infierno… dos mujeres muertas a las que había traicionado (la enfermera Macdonald contaba ya con cien años de edad). Y la sonrisa del anciano entonces se ensanchaba, estirando los pálidos labios sobre los descoloridos dientes con una expresión de profunda satisfacción de sí mismo, mezclada con el más implacable odio y desprecio por la muñeca humana. La repugnante enfermedad que lo estaba matando había afectado su cerebro. Su hijo estaba de pie junto a él, alto, blanco y delicado como un ángel de una pintura religiosa primitiva, y aunque un profundo dolor inundaba sus ojos violetas mientras contemplaba el rostro de su padre, sintió que la sombra de esa nauseabunda sonrisa se deslizaba sobre sus propios labios, partiéndolos y entreabriéndolos en contra de su voluntad. Era como un mal sueño, porque intentaba no sonreír y sonreía aún más. Junto a él, extrañamente semejante a él en su lánguida y angelical belleza, con el mismo cabello color oro viejo, los mismos tristes ojos violetas, el mismo semblante luminosamente pálido, Evelyn Warburton apoyó una mano sobre su brazo. Y mientras miraba los ojos de su tío, sintió que no podía apartar los suyos y supo que la mortal sonrisa flotaba sobre sus propios labios rojos, separándolos tensamente sobre los pequeños dientes, mientras dos lágrimas brillantes corrían por las mejillas hasta su boca, y quedaban suspendidas en el labio superior mientras ella sonreía… y la sonrisa era como la sombra de la muerte y el sello de perdición dibujado en su puro y joven rostro.