El Cantico Espiritual
El Cantico Espiritual No le puede ser al alma que ama amarga la muerte, pues en ella halla todas sus dulzuras y deleites de amor. No le puede ser triste su memoria, pues en ella halla junta la alegrÃa; ni le puede ser pesada y penosa, pues es el remate de todas sus pesadumbres y penas y principio de todo su bien. Tiénela por amiga y esposa, y con su memoria se goza como en el dÃa de su desposorio y bodas, y más desea aquel dÃa y aquella hora en que ha de venir su muerte que los reyes de la tierra desearon los reinos y principados. Porque de esta suerte de muerte dice el Sabio (Ecli. 41, 3): ¡Oh muerte! Bueno es tu juicio para el hombre que se siente necesitado. La cual, si para el hombre que se siente necesitado de las cosas de acá es buena, no habiendo de suplirle sus necesidades, sino antes despojarlo de lo que tenÃa, ¿cuánto mejor será su juicio para el alma que está necesitada de amor como ésta, que está clamando por más amor, pues que no sólo no la despojará de lo que tenÃa, sino antes le será causa del cumplimiento de amor que deseaba y satisfacción de todas sus necesidades? Razón tiene, pues, el alma en atreverse a decir sin temor: Máteme tu vista y hermosura, pues que sabe que en aquel mismo punto que le viese, serÃa ella arrebatada a la misma hermosura, y absorta en la misma hermosura, y transformada en la misma hermosura, y ser ella hermosa como la misma hermosura, y abastada y enriquecida como la misma hermosura. Que, por eso, dice David (Sal. 115, 15) que la muerte de los santos es preciosa en la presencia del Señor. Lo cual no serÃa si no participasen sus mismas grandezas, porque delante de Dios no hay nada precioso sino lo que él es en sà mismo.