El último secreto
El último secreto El despertar fue lento. Langdon abrió los ojos entre polvo y escombros. Un zumbido metálico llenaba el aire, y el olor a ozono le quemaba los pulmones. Todo el laboratorio estaba destruido. El techo habÃa colapsado y las cápsulas del Proyecto Adán yacÃan rotas, derramando lÃquidos que humeaban sobre el suelo de piedra. La explosión habÃa reducido aquel templo de la ciencia a un mausoleo de almas.
—Katherine… —tosió. Una figura se movió entre las ruinas. Ella estaba viva, con una herida en la frente y los ojos aún brillando de pánico. —Estoy aquà —dijo, tomándolo de la mano—. Pero no estamos solos.
El aire vibraba con una energÃa invisible. Las pantallas muertas parpadeaban, mostrando imágenes incoherentes: sÃmbolos antiguos, rostros sin cuerpo, frases en idiomas desconocidos. —Las conciencias… —murmuró Katherine—. No desaparecieron. Se quedaron atrapadas. Langdon sintió cómo un escalofrÃo le recorrÃa la columna. HabÃa leÃdo sobre apariciones y almas, pero nunca habÃa presenciado algo que pareciera inteligente . Las luces se movÃan con ritmo, como si los pensamientos de los muertos intentaran comunicarse.
