Los cantos de Hyperion
Los cantos de Hyperion Entonces, un nuevo sonido llenó el aire: pasos. Pesados, rítmicos, acercándose desde las montañas.
Lamia levantó su arma. Kassad desenfundó su espada. El cónsul cerró los ojos, como si ya supiera lo que venía.
Y allí, en el horizonte fragmentado, el Alcaudón apareció.
El Alcaudón avanzaba lentamente, una figura imposible que distorsionaba el aire a su alrededor. Sus ojos, dos rubíes incandescentes, parecían perforar la esencia misma de quienes lo observaban. Su cuerpo, compuesto de metal y carne en una amalgama que desafiaba la razón, reflejaba las luces del extraño cielo de Hyperion, como si absorbiera y reflejara el caos del universo.
—No mires a sus ojos —advirtió Het Masteen, dando un paso atrás, su voz quebrada pero firme.
Kassad no escuchó. Se plantó frente a la criatura, espada en mano, su respiración pesada. Este era el momento que había visto en sus visiones, el encuentro que lo había perseguido a través de sueños y pesadillas.
—¡Ven por mí! —rugió, desafiando al monstruo mientras alzaba su arma.
