Los cantos de Hyperion
Los cantos de Hyperion —A veces no buscamos respuestas —respondió Hoyt, casi en un susurro—. Solo buscamos fe.
La palabra cayó como una piedra en un lago helado. Nadie replicó, pero el aire pareció cargarse aún más, como si el Alcaudón estuviera escuchando desde la distancia.
Cuando el Yggdrasill finalmente rompió el hiperespacio y entró en la órbita de Hyperion, el paisaje que se desplegó frente a ellos parecÃa sacado de una pesadilla. Las Tumbas de Tiempo se alzaban en el horizonte, estructuras titánicas que desafiaban la lógica. Desde las alturas, los campos antientrópicos que las rodeaban se retorcÃan, una distorsión que hacÃa que el tiempo mismo pareciera lÃquido.
—Nunca debimos venir aquà —murmuró Het Masteen, el templario, sus dedos apretados alrededor de un sÃmbolo de madera tallada.
El cónsul observaba en silencio, sus ojos fijos en las Tumbas. HabÃa visto ese lugar antes, y los recuerdos lo golpearon con una violencia inesperada. HabÃa estado aquà durante su misión como diplomático años atrás, cuando la HegemonÃa intentó comprender los secretos de este mundo. Y habÃa sido testigo del horror.
—¿Qué estamos buscando exactamente? —preguntó Kassad, rompiendo el silencio—. Porque todo esto huele a una trampa.
