Fuerzas irresistibles
Fuerzas irresistibles Henrietta lo miró con ojos llenos de esperanza desesperada. —Entonces hágalo, por favor.
En el quirófano, Whitman se movía como un hombre poseído. Sabía que el margen de error era mínimo. Su equipo trabajaba en silencio, pero la tensión era palpable.
—Más succión aquí —ordenó, apuntando con precisión. —Presión cayendo, doctor —advirtió una enfermera. —No en mi turno. Suban los fluidos y manténganme actualizado.
Mientras tanto, Henrietta se refugiaba en una pequeña capilla del hospital. No era religiosa, pero en ese momento, rezaba a cualquier fuerza que pudiera escucharla.
—Por favor, no me quites a mi niña —susurró al vacío, con los ojos cerrados y las manos juntas.
En el quirófano, el monitor emitió un pitido prolongado que heló la sangre de todos.
—¡Está entrando en paro! —gritó uno de los asistentes.
Whitman no perdió un segundo. —Cargas al máximo. Prepárense para desfibrilación.
Los segundos se alargaron como horas. Cuando finalmente aplicaron el choque eléctrico, la pequeña figura en la camilla volvió a latir.
—Bien, bien —murmuró Whitman, con una mezcla de alivio y concentración—. Ahora terminemos esto.