Invisible
Invisible Un sobre con matasellos de ParÃs. Un nombre que no veÃa desde hacÃa años: Fabienne .
—Querida Antonia —decÃa la carta—. Estoy enferma. Me gustarÃa verte antes de que sea demasiado tarde.
Y asÃ, el eco de ese sueño prohibido, el de una madre que siempre estuvo ausente, volvió a resonar. Solo que ahora, Antonia ya no era la niña que se escondÃa en los rincones.
Era una mujer que empezaba a escribir su propia historia.
Antonia viajó a ParÃs con el corazón dividido entre el rencor y la compasión. Fabienne estaba en un departamento pequeño, deteriorado, con un aire de glamour desvanecido. La enfermedad habÃa adelgazado sus rasgos, pero su voz seguÃa teniendo esa arrogancia teatral.
—Viniste... no lo esperaba —dijo Fabienne, desde la cama, como si el perdón fuera una sorpresa, no una esperanza.
—Tampoco yo —respondió Antonia, sin rencor, pero sin ternura.
Durante semanas, Antonia la cuidó. Compartieron silencios densos y verdades a medias. No hubo disculpas explÃcitas, pero sà momentos de humanidad cruda. Fabienne le mostró fotos viejas, cartas, recuerdos de una juventud malgastada en fiestas y promesas rotas.
