Invisible
Invisible Antonia, con sus rizos rubios y ojos azules que lo veían todo, aprendió a deslizarse por las grietas de esa vida. Se escondía, literalmente, detrás de cortinas o debajo de mesas, esperando que la tormenta pasara. Con los años, esa invisibilidad se convirtió en una habilidad: sabía cuándo callar, cuándo marcharse, cuándo desaparecer.
En la escuela era callada, algo más baja que sus compañeros, lo que contribuía a que muchos pensaran que era menor. No hacía preguntas sobre sus padres ni hablaba de su hogar. No tenía abuelos, primos ni hermanos. Vivía entre adultos, y esos adultos la habían dejado sola, emocionalmente desde el principio. La única compañía verdadera que tenía eran sus libros, sus muñecas y las historias que creaba mirando por la ventana a los transeúntes.
Su madre, Fabienne, había sido camarera en París antes de conocer a Brandon Adams, el padre de Antonia. Era una belleza francesa con sueños de cine y una historia de abandono. Hija de una madre viuda y pobre, criada por una bisabuela hasta terminar en un orfanato, Fabienne aprendió también a sobrevivir. Cuando conoció a Brandon, creyó haber encontrado su boleto a una vida mejor. Brandon, por su parte, quedó hechizado por su belleza salvaje, su descaro, su falta de filtros. No tardó en llevársela a Nueva York. Se casaron. Pero los sueños no se concretaron.
