La vida de Ruben Dario escrita por el mismo

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XLIV

TRES AMIGOS MÉDICOS TUVE, que fueron, alternativamente, los salvadores de mi salud. Fue uno el doctor Francisco Sicardi, el novelista y poeta originalísimo, cuya obra extraordinaria y desigual tiene cosas tan grandes que pasan los límites de la simple literatura. Su Libro extraño es lo más inusitado y peregrino que haya producido una pluma en lengua castellana. El otro médico era Martín Reibel, el fraternal e incomparable Hipócrates de los poetas, a quien Eduardo Talero, entre otros, debe la vida, y yo más de una vez el afianzamiento del más sacudido y atormentado de los organismos. El otro es Prudencio Plaza, con quien fui a pasar una temporada a la isla de Martín García, cuando él era médico de aquel lazareto. Pasamos allí horas plácidas; nos perfeccionábamos en el tiro del máuser; leíamos el Quijote, nos confiábamos las ilusiones de nuestros porvenires. Pero no olvidaré jamás la llegada de los cadáveres enfermos sospechosos de alguna contagiosa enfermedad: ni una autopsia que vi hacer desde lejos, del cuerpo largo y bronceado de un hindú, pues era la primera vez, la primera y la única, que he visto ejecutar el horrible y sabio descuartizamiento. De Martín García envié a La Nación algunas correspondencias informativas firmadas con un seudónimo.



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