La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo Pasé por Livorno, ciudad marítima y comerciante vibrante de agitaciones. Fui a Ardenza, y en el santuario de Montenegro recé una avemaría, a la Virgen llegada de la isla de Negro-ponto, virgen milagrosa, amada de los marinos, visitada por Byron y otras conocidas testas. Luego fui a Roma. Me poseyó la gran ciudad imperial y papal. Vi en una calle pasar a D’Annunzio, en su inevitable pose; vi a León XIII en su colosal retiro de piedra; y dediqué al papa blanco un largo himno en prosa. Esa visita la hice con un numeroso grupo de peregrinos argentinos, entre los cuales tengo presente al ilustre doctor Garro, actual ministro de Instrucción Pública, y al señor Ignacio Orzali, mi compañero de La Nación, que ostentaba sus condecoraciones pontificias. A Su Santidad blanca me presentaron como redactor del gran diario de Buenos Aires, el diario del general Mitre. El viejecito de color marfil me dijo en italiano palabras paternales, me dio a besar su mano, casi fluídica, ornada con una esmeralda enorme, y me bendijo. En mi libro Peregrinaciones podréis encontrar algunas de mis impresiones romanas, pero no encontraréis dos que voy a contaros.