La vida de Ruben Dario escrita por el mismo
La vida de Ruben Dario escrita por el mismo Emprendí otro viaje por Bélgica, Alemania, Austria, Italia, Inglaterra. En todo ello me ocupo en algunos de mis libros con bastantes detalles. Mas no he contado algunos incidentes, por ejemplo, uno en que escapamos de perder la vida mi compañero de viaje, el mexicano Felipe López, y yo. Fue en la ciudad de Budapest por cierto región encantadora, si las hay. Andábamos recorriendo las calles. Ni López ni yo hablábamos alemán y nos desolábamos, en los restaurantes, de no poder entender la lista del menú, porque los húngaros, en lo general, por odio al austríaco, no quieren emplear al alemán en nada, y así todo está en su lenguaje para nosotros lleno de escabrosidades. Yendo por una gran vía, leímos en letras doradas en un establecimiento American Bar; y encontrando la ocasión de emplear bien nuestro inglés, entramos, pedimos sendos cocktails, y nos pusimos a escribir cartas. En esto se nos acercó un elegante joven, y en un francés cojo, pero melifluo, nos dijo, más o menos, tendiéndonos su tarjeta, que era hijo de un fabricante de bicicletas; que había estado en Francia, donde le habían atendido con toda gentileza y que desde entonces se había prometido ofrecer sus servicios, ser útil en todo lo que pudiera y pilotar y atender a cuanto extranjero de condición llegase a tierra húngara. Nosotros, un tanto desconfiados por aquél abordaje sin presentación, dimos las gracias con frialdad, pero el guapo mozo continuó en la carga con tan buenas maneras y con tanta insistencia que nos vimos obligados a aceptar un champagne de bienvenida. Y el joven se convirtió en nuestro cicerone.