La vida de Ruben Dario escrita por el mismo

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VI

POR INFLUENCIA DE MI TÍA Rita, comencé a frecuentar la casa de los Padres Jesuitas en la iglesia de la Recolección. Debo decir que desde niño se me infundió una gran religiosidad, religiosidad que llegaba a veces hasta la superstición. Cuando tronaba la tormenta y se ponía el cielo negro, en aquellas tempestades únicas, como no he visto en parte alguna, sacaba mi tía abuela palmas benditas y hacía coronas para todos los de la casa; y todos coronados de palmas rezábamos en coro el trisagio y otras oraciones. Señaladas devociones eran para mí temerosas. Por ejemplo, al acercarse la fiesta de la Santa Cruz. Porque ¡oh, Dios de los dioses!, martirio como aquél, para mis pocos años, no os lo podéis imaginar. Llegado ese día, todos nos poníamos delante de las imágenes; y la buena abuela dirigía el rezo, un rezo que concluía, después de varias jaculatorias con estas palabras:

Vete de aquí, Satanás,

que en mí parte no tendrás

porque el día de la Cruz

dije mil veces: Jesús.

Pues el caso es que teníamos, en efecto, que decir mil veces la palabra Jesús, y aquello era inacabable «¡Jesús!, ¡Jesús!» hasta mil; y a veces se perdía la cuenta y había que volver a empezar.


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