La vida de Ruben Dario escrita por el mismo

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Por este tiempo llegaron a León unos hombres políticos, senadores, diputados, que sabían de la fama del «poeta niño». Me conocieron. Me hicieron recitar versos. Me dijeron que era preciso que fuera a la capital. La mamá Bernarda me echó la bendición y me partí para Managua.

Managua, creada capital para evitar los celos entre León y Granada, es una linda ciudad situada entre sierras fértiles y pintorescas, en donde se cultiva profusamente el café; y el lago, poblado de islas y en uno de cuyos extremos se levanta el volcán de Momotombo, inmortalizado líricamente por Víctor Hugo, en la Leyenda de los siglos.

Mi renombre departamental se generalizó muy pronto, y al poco tiempo yo era señalado como un ser raro. De más decir, que era buscado para incontenible manía de versos para álbumes y abanicos.

A la sazón estaba reunido el Congreso.

Era presidente de él un anciano granadino, calvo, conservador, rico y religioso, llamado don Pedro Joaquín Chamorro. Yo estaba protegido por miembros del Congreso pertenecientes al partido liberal, y es claro que en mis poesías y versos ardía el más violento, desenfadado y crudo liberalismo. Entre otras cosas se publicó cierto malhadado soneto que acababa así, si la memoria me es fiel:

El Papa rompe con furor su tiara


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