La vida de Ruben Dario escrita por el mismo

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XXVII

LA NOCHE QUE ME DEDICARA don Juan Valera, y en la cual leí versos, me dijo: «Voy a presentar a usted una reliquia». Como pasaran las doce y la reliquia no apareciese, creí que la cosa quedaría para otra ocasión, tanto más cuanto que comenzaban a retirarse los contertulios. Pero donjuán me dijo que tuviese paciencia y esperase un rato más. Quedábamos ya pocos, cuando a eso de las dos de la mañana, sonó el timbre y a poco entró, envuelto en su capa, un viejecito de cuerpo pequeño, algo encorvado y al parecer bastante sordo. Me presentó a él el dueño de la casa, mas no me dijo su nombre, y el viejecito se sentó a mi lado. El para mí desconocido empezó a hablarme de América, de Buenos Aires, de Río de Janeiro, en donde había estado por algún tiempo, con cargos diplomáticos, o comisiones del gobierno de España; y luego, tratando de cosas pasadas de su vida, me hablaba de «Pepe»; «Cuando Pepe estuvo en Londres»… «Un día me decía Pepe…» «Porque como el carácter de Pepe era así…» El caso me intrigaba vivamente. ¿Quién era aquel viejecito que estaba a mi lado? No pude dominar mi curiosidad, me levanté y me dirigí a don Juan Valera. «Dígame, señor —le dije—, ¿quién es el señor anciano a quien usted me ha presentado?» «La reliquia», me contestó. «¿Y quién es la reliquia?» «Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno». …La reliquia era don Miguel de los Santos Alvarez; y Pepe, naturalmente, era Espronceda.


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