La vida de Ruben Dario escrita por el mismo

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XXIX

LOS MIEMBROS DE LA DELEGACIÓN de Nicaragua recibimos, en la sesión correspondiente de la Exposición, y en su oportunidad, a los reyes de España, que iban acompañados de los de Portugal. El día de la visita fue la primera vez que observé testas coronadas. Me llamó la atención fuertemente la hermosura de la reina portuguesa alta y gallarda como todas las Orleáns, y fresca como una recién abierta rosa rosada. Iba junto a ella el obeso marido, que debía tener un trágico fin. En la vecina sección de Guatemala, sucedió algo gracioso. Había preparado el delegado guatemalteco, doctor Fernando Cruz, dos abanicos espléndidos, para ser obsequiados a las reinas; pero uno de ellos era más espléndido que el otro, puesto que era destinado para la reina regente doña María Cristina. Los abanicos estaban sobre una bandeja de oro. El ministro, antes de ofrecerlos, anunció el obsequio en cortas y respetuosas palabras. La reina doña Amelia de Portugal vio dos abanicos y con su mirada de joven y de coqueta se dio cuenta de cuál era el mejor; y, sin esperar más, lo tomó para sí y dio las gracias al ministro.





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