Prosas profanas y otros poemas

Prosas profanas y otros poemas

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¡Te ofrezco la desnuda limosna de mi mano!—

Dice el Cid; y, quitando su férreo guante, extiende

La diestra al miserable, que llora y que comprende.

Tal es el sucedido que el Condestable escancia

Como un vino precioso en su copa de Francia.

Yo agregaré este sorbo de licor castellano:

Cuando su guantelete hubo vuelto a la mano

El Cid, siguió su rumbo por la primaveral

Senda. Un pájaro daba su nota de cristal

En un árbol. El cielo profundo desleía

Un perfume de gracia en la gloria del día.

Las ermitas lanzaban en el aire sonoro

Su melodiosa lluvia de tórtolas de oro;

El alma de las flores iba por los caminos

A unirse a la piadosa voz de los peregrinos,

Y el gran Rodrigo Díaz de Vivar, satisfecho,

Iba cual si llevase una estrella en el pecho.

Cuando de la campiña, aromada de esencia

Sutil, salió una niña vestida de inocencia,

Una niña que fuera una mujer, de franca

Y angélica pupila, y muy dulce y muy blanca.

Una niña que fuera un hada o que surgiera


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