Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Horas después de haber pasado junto al primer pozo, vemos un famoso árbol al que los indios reverencian como el altar de Walleechu. Este árbol se yergue en una altura en medio de la llanura: por eso se ve desde una gran distancia. Así que los indios lo divisan, expresan su adoración hacia él por medio de grandes gritos. El árbol en sí es de poca altura; tiene numerosas ramas y está cubierto de espinas; el tronco, medido encima mismo del suelo, tiene un diámetro de unos 3 pies. Está aislado, y es el primer árbol que hemos visto desde hace mucho tiempo. Después encontramos algunos otros de la misma especie; pero son muy raros. Estamos en invierno, y como es natural el árbol no tiene hojas; pero en su lugar penden innumerables hilos de los que están suspendidas las ofrendas, consistentes en cigarros, carne, trozos de tela, etc. Los indios pobres, como no tienen nada mejor que ofrecer, se contentan con sacar un hilo de su poncho y atarlo al árbol. Los más ricos tienen la costumbre de verter alcohol de granos y mate en cierto agujero; después se colocan debajo del árbol y se ponen a fumar, teniendo cuidado de enviar el humo al aire, creyendo, al hacer esto, que con ello le procuran la más dulce satisfacción a Walleechu. Para completar la escena, se ven alrededor del árbol las blanqueadas osamentas de los caballos sacrificados en honor del dios. Todos los indios, cualesquiera que sean su edad y su sexo, hacen por lo menos una ofrenda; después de esto quedan persuadidos de que sus caballos serán infatigables y que su felicidad será perfecta. El gaucho que me refirió todo esto, añadió que, en tiempos de paz, él había asistido con frecuencia a la escena, y que él y sus compañeros tenían la costumbre de esperar a que los indios se hubiesen alejado para ir a sustraer las ofrendas hechas a Walleechu.