Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Puede decirse realmente que algunas jóvenes, o chinas, son bellas. Tienen los cabellos ásperos, pero negros y brillantes, y los llevan divididos en dos trenzas que les cuelgan hasta la cintura. Su tez es subida de color y sus ojos muy vivos; sus piernas, pies y brazos, reducidos y de elegante forma; adornan sus tobillos y algunas veces su cintura con anchos brazaletes de abalorios azules. Nada más interesante que algunos de esos grupos familiares. A menudo una madre con una o dos hijas venían a nuestro rancho montadas en el mismo caballo. Montan como los hombres, pero con las rodillas más altas. Esta costumbre proviene quizá de que durante los viajes van montadas en los caballos que conducen los bagajes. Las mujeres deben cargarlos y descargarlos, montar las tiendas para pasar la noche; en una palabra, son verdaderas esclavas, como las mujeres de todos los salvajes, que deben hacerse tan útiles como posible sea. Los hombres se baten, cazan, cuidan los caballos y fabrican los artículos de talabartería para éstos. Una de sus principales ocupaciones consiste en golpear dos piedras una contra otra hasta que queden redondeadas, a fin de utilizarlas para construir boleadoras. Con ayuda de esta importante arma, el indio se apodera de la caza y hasta de su caballo, que va errante en libertad por la llanura. Cuando se bate, trata lo primero de derribar el caballo de su adversario con sus boleadoras y de matarle con su chuzo mientras está sujeto por la silla. Si las boleadoras no se afianzan sino al cuello o al cuerpo de un animal, a menudo están perdidas; de aquí que, como son precisos dos días para redondear las piedras que las forman, su fabricación es, en cierto modo, un trabajo continuo. Muchos de ellos, hombres y mujeres, se pintan de rojo el rostro, pero jamás he visto aquí las fajas horizontales tan comunes entre los fueguinos. Su principal orgullo consiste en que todos los arneses de sus monturas sean de plata. Cuando se trata de un cacique, espuelas, estribos, bocado, así como el mango de su facón, son de plata. Cierto día vi un cacique a caballo; las riendas eran de hilo de plata y no mucho más gruesas que una cuerda de látigo; y no dejaba de ofrecer interés ver cómo un caballo obedecía las indicaciones que se le daban con una cadena tan ligera.