Viaje de un naturalista alrededor del mundo
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Acompaño a mi huésped a su estancia, situada junto al arroyo de San Juan. Al atardecer damos a caballo un paseo por la propiedad; abarca dos leguas y media cuadradas y se encuentra en lo que se llama un rincón, es decir, que el Plata contornea uno de sus lados y los otros dos están defendidos por torrentes infranqueables. Dispone de un excelente puerto para pequeños navíos y gran abundancia de arbolillos, lo que constituye un valor considerable, porque son empleados como combustible en Buenos Aires. Yo tenía curiosidad de saber cuál puede ser el valor de una estancia tan completa. Dispone de 3.000 cabezas de ganado vacuno (y podría alimentar tres o cuatro veces más), 700 yeguas, 150 caballos domados y 600 carneros; tiene además agua en abundancia y piedra calcárea en gran cantidad, corrales excelentes, casa y un vergel plantado de melocotoneros. Por todo eso le han ofrecido 10.000 pesos oro al propietario; éste pide 2.500 más, pero probablemente rebajaría algo. El principal trabajo que necesita una estancia es reunir el ganado dos veces por semana, en un lugar apropiado para amansarlo algo y para contarlo. Se podría creer que esta operación presenta grandes dificultades cuando son reunidas de doce a quince mil cabezas en un mismo lugar. Sin embargo, eso se logra con bastante facilidad basándose en el principio de que los animales se clasifican por sí mismos en tropillas, que contienen cada una de cuarenta a cien individuos. Cada una de esas tropillas se reconoce por ciertos individuos de ellas que ostentan marcas particulares; luego, conocido el número de cabezas de cada rebaño, muy pronto se ve si falta un solo buey a la lista en medio de diez mil. Durante una noche de tempestad, todos los animales se confunden, pero al día siguiente se separan como estaban antes; hay que suponer, pues, que cada animal puede reconocer a sus compañeros en medio de otros diez mil.