Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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Gracias a la cortesía de mi amigo el capitán Sullivan, he podido procurarme, después de mi regreso, la cabeza completa de uno de esos animales, cuyo esqueleto está actualmente depositado en el Colegio Médico⁽⁸²⁾. Don F. Muñiz, de Luján, ha tenido a bien recopilar para remitirme todos los informes relativos a tal raza. Según esas notas, parece que hace ochenta o noventa años esa raza era muy rara y en Buenos Aires era considerada como una curiosidad. Generalmente se cree que tiene su origen en los territorios indios al sur del río de la Plata y que ha llegado a ser la raza más común en tales regiones. Hoy mismo, las cabezas de ganado de esa clase criadas en las provincias situadas al sur del Plata prueban, por su salvaje aspecto, que tiene un origen menos civilizado que los toros ordinarios; la vaca, si se la molesta muy a menudo, abandona a sus terneros. El doctor Falconer me señala un hecho muy singular: que una estructura casi análoga a la estructura anormal⁽⁸³⁾ de la raza ñata caracterizaba al gran rumiante extinguido en India, el Sivatherium. La raza procrea invariablemente terneros ñata. Un toro ñata y una vaca ordinaria, o el cruce reciproco, producen descendientes que tienen un carácter intermedio, pero con caracteres ñata vigorosamente pronunciados. Según el señor Muñiz, está probado que, contrariamente a una experiencia ordinaria de los ganados en caso parecido, una vaca ñata cruzada con un toro ordinario transmite con más fuerza sus caracteres particulares que no lo hace el toro ñata cruzado con una vaca ordinaria. Cuando la hierba es lo bastante larga, el ganado ñata utiliza para comer la lengua y el paladar, como el ganado ordinario; pero durante las grandes sequías, cuando tantos animales perecen, la raza ñata desaparecería por completo si no se tomaran precauciones. En efecto, el ganado ordinario, como los caballos, logra subsistir ramoneando con sus labios los tallos tiernos de árboles y cañas; los ñatas, al contrario, no tienen ese recurso, porque sus labios no se juntan, y por eso perecen antes que los otros. ¿No es ese un ejemplo sorprendente de las indicaciones que nos proporcionan los hábitos normales de los seres vivos, acerca de las causas que determinan la rareza o la extinción de las especies, aún cuando esas causas no se originan más que a través de largos intervalos?


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