Viaje de un naturalista alrededor del mundo

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En una estancia, cerca de Las Vacas, se da muerte cada semana a un gran número de yeguas con el único objeto de vender su piel y a pesar de que cada una de éstas no vale más que 5 pesos papel. De momento parece muy extraño que se mate yeguas para obtener tan pequeña cantidad; pero como en este país se juzga absurdo domar o montar una yegua, éstas no sirven más que para la reproducción. Jamás he visto utilizar las yeguas más que para un solo objeto: trillar el grano; para eso se las acostumbra a dar vueltas en círculo en el cercado donde se han extendido las gavillas. El hombre a quien se empleaba para derribar a las yeguas era muy celebrado por la destreza con que se servía del lazo. Situado a 12 metros de la puerta del corral, apostaba con quien quisiera que enlazaría por las patas a todo animal que pasara por delante de él, sin marrar ni uno solo. Otro hombre proponía lo siguiente: entraría a pie en el corral, atraparla una yegua, amarraría las patas delanteras de ésta, la haría salir, la derribaría, la mataría, la despedazaría y extendería la piel para que se secara (operación ésta muy larga), y apostaba a que repetiría esta operación veintidós veces por día, o bien que mataría y despedazaría cincuenta en una jornada. Este hubiera sido un trabajo prodigioso, porque se considera que matar y despedazar quince o dieciséis animales por día es todo lo que un hombre puede hacer.


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